Los animales y la guerra

23 Jun 2022

Los animales han formado parte de los conflictos armados a lo largo de toda la historia, y siguen haciéndolo en la actualidad. Algunos se utilizan en actividades militares. Por ejemplo, para ayudar a defender o atacar posiciones militares, para detectar al enemigo, para localizar otros peligros, o para transportar equipos como botiquines, munición o explosivos. Otros animales se utilizan en la investigación y el desarrollo de tecnología militar y armamento, y en el entrenamiento de miembros del ejército y personal médico. Y otros son solamente víctimas fortuitas de los conflictos que tienen que luchar por sobrevivir durante la guerra.1 Esta es otra consecuencia del especismo, que se suma a todos los daños que ya sufren los animales, tanto por su explotación como por causas naturales en sus hábitats.

El sufrimiento de los animales no humanos durante los conflictos armados a menudo se pasa por alto, o se considera irrelevante frente al sufrimiento humano, tanto por las partes envueltas en los mismos como por el público en general. Pero la guerra también causa muerte y sufrimiento a los animales, a veces a una escala incluso mayor que en el caso de los seres humanos. Estos daños, como veremos, no se limitan a los períodos de conflicto activo, sino que también pueden producirse como consecuencia de un enfrentamiento armado anterior, o como preparación para uno futuro. Tener en cuenta los intereses de los animales significa que debemos examinar críticamente los daños que sufren, tanto si son utilizados como instrumentos para la guerra como cuando son víctimas del uso de armas.

Los animales como víctimas de la guerra

Con indepedencia de que vivan encerrados (en zoos, acuarios, laboratorios o granjas), o de que sean domesticados o salvajes, los animales sufren como víctimas que son de los conflictos armados. Durante una guerra los animales en cautividad se encuentran en una situación muy vulnerable. En estas situaciones se les puede matar de dos maneras diferentes: en primer lugar, pueden morir de manera activa debido a las armas. Esto puede suceder mediante de un ataque aéreo, un bombardeo o directamente a manos de los soldados con el pretexto de la necesidad (al decidirse que en un estado de emergencia no hay suficientes recursos para cuidar de estos animales). Y, en segundo lugar, pueden morir de manera pasiva, por ejemplo, por inanición tras ser abandonados en las instalaciones en las que se encontraban, tras la muerte o huida de quienes los cuidaban.2 Del mismo modo los animales que se utilizan como “compañía” también dependen de quienes se encargan de su cuidado, que pueden abandonarlos (de manera voluntaria o no) o incluso morir en la guerra, dejando a los animales incapaces de sobrevivir por sí mismos.

Sin embargo, aunque es terrible, este sufrimiento es ínfimo comparado con el daño que la guerra provoca a los animales que viven en la naturaleza.3 La forma más evidente en que los animales salvajes se ven afectados de manera directa por la guerra es a través de las minas, las bombas, las armas químicas y los incendios. Cuando estos ataques no matan a los animales, pueden dejarlos heridos de manera grave o incluso discapacitados de por vida en un entorno degradado por la guerra. Todo esto les causa un gran sufrimiento y, a menudo, les provoca lesiones y secuelas que les imposibilita sobrevivir sin ayuda externa, produciéndose la muerte tiempo después. Además, los animales salvajes también pueden sufrir cuando se les hace formar parte de estrategias militares. Estos animales pueden acabar siendo sujetos directos o indirectos de la destrucción táctica militar. La destrucción táctica militar tiene como objetivo dañar un entorno determinado para debilitar a las fuerzas enemigas, privándolas de recursos o de camuflaje ambiental. Por ejemplo, muchos animales mueren de manera directa o por inanición al quedarse sin comida, cuando se provoca la destrucción de los bosques para eliminar los escondites del enemigo. Un ejemplo claro fue el uso del agente naranja por parte de Estados Unidos durante la guerra de Vietnam. El agente naranja era un herbicida y defoliante químico que causaba estragos tanto a la población humana local como a los animales salvajes que vivían en las zonas donde se lanzaban estos productos químicos.4 La mayoría de daños que la guerra provoca a los animales salvajes proviene de las consecuencias que esta tiene en su entorno.5 Sin embargo, esto no significa que los daños directos sean poco frecuentes. Los animales salvajes también pueden ser un objetivo directo de las operaciones de destrucción táctica, cuando estas tienen como objetivo matar a los animales de los que depende el enemigo para sobrevivir, con el fin de restringir su acceso a los alimentos, la ropa u otros materiales primarios.

Los animales salvajes también pueden sufrir a causa de la proliferación de armas militares entre la población. Una vez que un conflicto armado llega a una zona, resulta más fácil para la población civil acceder a equipos militares y armamento que antes no estaban disponibles. Muchas personas que se dedican a la caza pueden adquirir estas armas más eficaces con las que matar a más animales.6 La guerra también puede llevar al despliegue generalizado de equipos militares de sonar, utilizados para detectar amenazas submarinas. Estos equipos son conocidos por causar graves daños y, en muchos casos, la muerte de delfines, ballenas, belugas y otros cetáceos cuyos biosonares se ven afectados.7

Los animales pueden ser víctimas de la guerra incluso después de que el conflicto haya terminado. Sabemos que las minas y las trampas explosivas pueden permanecer activas durante años, incluso décadas, una vez finalizado el conflicto, y es habitual que tanto los seres humanos como otros animales las detonen de manera accidental, sufriendo dolorosas mutilaciones e incluso la muerte. Mientras que se puede avisar a los seres humanos para que no atraviesen esas zonas, el resto de animales no pueden entender estas advertencias, y pueden acabar entrando en esas zonas peligrosas por necesidad.

Por último, los animales se pueden utilizar como blanco por los miembros del ejército, para practicar su puntería o para probar los efectos de un arma en cuerpos vivos. Por ejemplo, se dispara a los animales con diferentes tipos de armamento para probar la perforación en diferentes condiciones. Además, los venenos y agentes químicos empleados en la guerra también se prueban en animales vivos, lo cual ocurre en ensayos, y en el estudio y desarrollo de tratamientos.8 El entrenamiento de animales en determinadas tareas, para luego ser sometidos a sustancias tóxicas o radiactivas con el fin de probar la resistencia de sus cuerpos ante situaciones extremas, es uno de los múltiples ejemplos de este tipo de investigación militar con animales.9 Sin embargo, las pruebas de armamento con animales no se limitan a ensayos individuales con unas pocas docenas de sujetos, sino que se llevan a cabo a una escala mucho mayor. Los explosivos, los productos químicos, las bombas, los ataques aéreos e incluso las armas nucleares se prueban en seres vivos para ver su grado de letalidad: millones de animales murieron a consecuencia de las pruebas nucleares realizadas en el siglo XX por países como China, Francia, los Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido.

Los animales como soldados, armas y recursos

Durante milenios los animales han formado parte de los conflictos armados no solamente como víctimas, sino también como participantes activos en la guerra. Algunos de los usos más comunes de animales durante conflictos armados han sido los siguientes: como medio de transporte, tanto de personas como de mercancías pesadas; para enviar mensajes e información de un punto a otro del frente de batalla; para detectar peligros ocultos, como minas, trampas y otros explosivos, así como soldados enemigos; para espiar a los enemigos, llevando dispositivos de grabación; y, por supuesto, como alimento para consumo humano. Además, una gran variedad animales se han utilizado como «soldados» o armas en el campo de batalla a lo largo de la historia. Su participación en el conflicto ha consistido en atacar al ejército enemigo o en transportar explosivos que luego son detonados, mientras todavía están unidos al cuerpo del animal. Un ejemplo notorio de esta práctica fueron los perros utilizados por el ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Estos animales fueron entrenados para correr hacia los tanques enemigos mientras llevaban bombas, que luego eran detonadas. Además, otros fueron utilizados por los médicos militares de campaña. Estos animales transportaban medicamentos y botiquines de primeros auxilios en situaciones peligrosas y difíciles en el frente o ayudaban a transportar a los humanos heridos fuera del campo de batalla para que fueran tratados por los médicos. Especies como caballos, perros, elefantes, camellos, mulas, bueyes, delfines, palomas, cerdos o burros, por mencionar algunos ejemplos, suelen ser entrenados y posteriormente utilizados como miembros activos de los ejércitos. Estos animales no solamente sufren estrés por participar en el campo de batalla, así como heridas, sino también el duro entrenamiento militar que reciben con anterioridad. Además, si fracasan en su entrenamiento, pueden ser matados por sus entrenadores.10

Además, algunos animales, sobre todo cerdos y cabras, se utilizan a menudo para entrenar al personal médico de campaña en la realización de procedimientos quirúrgicos. Para aprender a tratar las heridas, los animales deben sufrirlas. Por lo tanto, se les provocan heridas de manera deliberada, por lo general mediante disparos, pero también por armas químicas, amputaciones, etc., dependiendo del tratamiento que se vaya a probar o practicar.11

Tener en cuenta a los animales implica rechazar que se les dañe y mate en las guerras

Las dificultades a las que se enfrentan los animales como consecuencia de los conflictos armados es una cuestión a la que apenas se ha prestado atención hasta la fecha.

Aunque los propios animales rara vez son el objetivo previsto de las intervenciones militares, siempre sufren como víctimas colaterales. A pesar de que estos conflictos los afectan de manera profunda, ya sea por privarles de sus medios de subsistencia o por ser obligados a participar directamente en las hostilidades, esta cuestión ha recibido poca atención en la teoría de la guerra justa. La teoría de la guerra justa es una doctrina que trata de garantizar que una guerra sea moralmente justificable, adhiriéndose a una serie de criterios aplicables tanto al jus ad bellum (razones legítimas de un estado para entrar en guerra) como al jus in bello (referente a la conducta correcta durante dicha guerra).12

A este respecto cabe señalar que las actividades militares que más daño causan a los animales son las que más probablemente afecten también a los seres humanos que no son combatientes. Ya hemos visto que la mayor fuente, aunque no intencionada, de sufrimiento animal durante los conflictos armados proviene de los daños indirectos causados a los animales salvajes durante la guerra. Pero el criterio de discriminación de la teoría de la guerra justa exige que un ejército evite llevar a cabo ataques que no estén dirigidos a un objetivo enemigo específico o que no puedan limitarse al mismo. Una teoría de la guerra justa que incluyera a los animales no humanos haría que la misma fuera más exigente. Pero, si nos tomamos en serio los intereses de los animales, deberíamos aceptar esto (también se podría argumentar que las mismas acciones militares que pueden dañar a los animales ya son objetables por el daño que suponen a la población civil humana, aunque este es un argumento basado en los intereses humanos, no en los intereses de los animales). Un ataque indiscriminado provocará daños indirectos no solamente a los seres humanos que no constituyen una amenaza militar, sino también al resto de animales. La guerra química y nuclear, los bombardeos de saturación, las trampas explosivas, las minas terrestres, etc., no pueden diferenciar entre seres humanos y otros animales, como tampoco pueden discriminar entre combatientes y no combatientes.13

Por supuesto, también es posible rechazar la teoría de la guerra justa y aceptar algún otro punto de vista. Ejemplos de ello son las posiciones pacifistas que se oponen a todas las guerras por ser intrínsecamente malas, independientemente de cómo se libren. Desde este punto de vista, ninguno de los daños causados a los animales mencionados aquí podría justificarse. Otras posturas, como la del consecuencialismo, no juzgan la ética de la guerra en función de si se libra según el motivo adecuado y de la manera correcta, como hace la teoría de la guerra justa. En cambio, examinan si las guerras se libran para evitar los peores escenarios. Si aceptamos este punto de vista, evaluaremos la justificación moral de las guerras de forma diferente. Sin embargo, como en el caso de la teoría de la guerra justa, debemos tener en cuenta cómo afectan a los animales. Lo contrario sería discriminatorio hacia los mismos, es decir, especista.


Lecturas recomendadas

Cochrane, A. (2018) Sentientist politics, Oxford: Oxford University Press.

DeGrazia, D. (2002) Animal rights, Oxford: Oxford University Press.

Donaldson, S. & Kymlicka, W. (2013 ) “A defense of animal citizens and sovereigns”, Law, Ethics, and Philosophy, 1, pp. 143-160 [referencia: 23 de mayo de 2022].

Fabre, C. (2012) Cosmopolitan war, Oxford: Oxford University Press.

Gardiner, J. (2006) The animals’ war, London: Portrait.

George, I. & Jones, R. L. (2007) Animals at war, Tulsa: EDC.

Hediger, R. (2012) Animals and war, Leiden: Brill.

McMahan, J. (2009) Killing in war, Oxford: Oxford University Press.

Regan, T. (2013 [1983]) En defensa de los derechos de los animales, Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Singer, P. (2009 [1979]) Ética práctica, Tres Cantos: Akal


Notas

1 Milburn, J. & Goozen, S. van (2020) “Counting animals in war”, Social Theory And Practice, 47, pp. 657-685.

2 Hediger, R. (2017) “Animals in war”, en Maher, J.; Pierpoint, H. & Beirne, P. (eds.) The Palgrave international handbook of animal abuse studies, London: Palgrave Macmillan, pp. 475-494.

3 Milburn, J. & Goozen, S. van (2020) “Counting animals in war”, op. cit.

4 The Editors of Encyclopaedia Britannica (2022) “Agent orange: Defoliant”, Encyclopedia Britannica, May 24 [referencia: 17 de junio de 2022]

5 Andrzejewski, J. (2013) “War: Animals in the aftermath”, en Nocella, A. J.; Salter, C. & Bentley, J. K. C. (eds.) Animals and war, Lanham: Lexington Books, pp. 74-95.

6 Gaynor, K. M.; Fiorella, K. J.; Gregory, G. H.; Kurz, D. J.; Seto, K. L.; Withey, L. S. & Brashares, J. S. (2016) “War and wildlife: Linking armed conflict to conservation”, Frontiers in Ecology and the Environment, 14, pp. 533-542.

7 Ética Animal (2016) “Uso militar de animales”, Animales usados como fuerza de trabajo o Herramientas, Ética Animal [referencia: 29 de abril de 2022].

8 Milburn, J. & Goozen, S. van (2020 ) “Counting animals in war”, op. cit.

9 Ética Animal (2016) “Uso militar de animales”, op. cit.

10 Nowrot, K. (2015) “Animals at war: The status of ‘animal soldiers’ under international humanitarian law”, Historical Social Research, 40 (4), pp. 128-150.

11 Menache, A. (2017) “Animals in scientific research”, en Maher, J.; Pierpoint, H. & Beirne, P. (eds.) The Palgrave international handbook of animal abuse studies, op. cit., pp. 475-494.

12 Algunos ejemplos de estos criterios son: la proporcionalidad, que exige que haya un equilibrio entre el daño causado por una acción bélica (o la propia guerra) y el bien que se pretende conseguir; la necesidad, que exige que las acciones emprendidas sean las menos dañinas (aunque factibles) de las disponibles; la discriminación, que exige que los objetivos de la guerra sean los implicados en el conflicto armado, diferenciando entre dirigentes políticos, combatientes y civiles.

13 Milburn, J. & Goozen, S. van (2020) “Counting animals in war”, op. cit.

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