Por qué deberíamos tener en consideración moral a los individuos, en lugar de a las especies

Se cree a menudo que las especies deberían ser tenidas en consideración y preservados porque tienen algún tipo de valor en sí mismos, un valor no relacionado con los mejores intereses de los individuos que son miembros de la especie. Puede razonarse que la preservación de las especies debería apoyarse porque defender a las especies supone defender a todos los miembros de la especie. Pero si vamos a tener en consideración moral los intereses de los animales, deberíamos rechazar los derechos de las especies como un todo, y respetar solamente a los seres sintientes individuales.

Una especie es una entidad abstracta que no puede tener experiencias y, por lo tanto, no puede ser perjudicada de la manera que pueden serlo los individuos sintientes. Solamente los seres individuales pueden tener experiencias positivas y negativas y, por lo tanto, son los únicos que deberíamos respetar, como se explica el el argumento de la relevancia. Esforzarnos por preservar una especie no sería malo si, al hacerlo, no dañáramos a nadie. Surge un problema solamente cuando respetar a una especie supone no respetar a los individuos sintientes. Este problema puede observarse en las intervenciones ecologistas habituales que buscan preservar una especie con un conjunto particular de características a costa de los individuos sintientes que no muestran las características deseadas.

Por ejemplo, las malvasías cabeciblancas o comunes (Oxyura leucocephala) se consideran una especie amenazada en el sur de Europa. Su cruce con los patos zambullidores grandes, patos tepalcates o patos rufos (Oxyura jamaicensis), una especie común de patos que no es nativa en Europa, produce patos híbridos. Las malvasías cabeciblancas han prevalecido menos en el nuevo pato híbrido. Las intervenciones ecológicas han asido adaptadas para preservar a las malvasías cabeciblancas matando a los patos zambullidores grandes y a los patos híbridos.

El predominio de los patos zambullidores grandes no supone ninguna amenazada a los ecosistemas porque la función ecológica de estos patos y de las malvasías cabeciblancas es idéntica. El objetivo de esta medida ha sido promover la biodiversidad en sí misma, con independencia del impacto negativo que la intervención tiene sobre las vidas de los individuos sintientes que resultan afectados. Puede parecer al principio que esta medida en realidad reduce la biodiversidad al matar a todos los patos zambullidores grandes en la religión, pero el objetivo es preservar la existencia en el mundo de la especie amenazada de las malvasías cabeciblancas. Los otros patos están presentes en cualquier zona, en particular en los hábitats nativos de América del Norte y del Sur.

Otro ejemplo de matanza de una especie en un área determinada para preservar a una especie amenazada es la de las ardillas grises que son matadas en el Reino Unido para conservar las ardillas rojas. Debido a la gran adaptación y a las mayores tasas de supervivencia, las ardillas grises (que fueron introducidas allí por humanos) pueden haber contribuido a la desaparición de las ardillas rojas, menos resistentes, en algunas áreas. Si lo que nos importa es el bienestar de los individuos sintientes, y puesto que los seres sintientes son dañados al ser matados, la consecuencia es que matar a individuos sintientes para incrementar el número de miembros de una especie diferente no es aceptable. Un escenario en el que hay pocas o ninguna malvasía cabeciblanca o ardillas rojas no puede ser considerado peor que un escenario en el que son tan comunes como los patos zambullidores grandes o las ardillas grises. Una especie no tiene bienestar, por lo que preservar una especie a costa de los individuos sintientes que pertenecen a otra especie no es una elección moral según una posición no especista.

 

Posiciones especistas

Otras defensas de la preservación de especies mantienen que si la especie desaparece, el conocimiento empírico se perdería, que las generaciones futuras no serán capaces de tener contacto con estas especies, y que la belleza o biodiversidad no estará disponible por más tiempo para ser experimentada. Todas estas defensas son débiles. Si la biodiversidad es valiosa de manera intrínseca, debería ser valiosa con independencia de sus beneficios para los humanos o para otros seres, y todas estas son razones relacionadas con los beneficios humanos o la preservación de especies. Esto hace que dichas defensas sean antropocéntricas.

En primer lugar, puede parecer que no hay nada malo con estas razones. En efecto, no hay nada malo en apreciar la belleza de la naturaleza, en querer expandir el conocimiento científico que la biodiversidad nos da, ni en querer preservar estas cosas para generaciones humanas futuras. Ahora bien, a menos que hacerlo sea dañino para los animales no humanos; entonces no es aceptable. Si aceptamos una posición antropocéntrica, probablemente consideremos aceptable preservar la biodiversidad a cualquier coste para los animales no humanos, creyendo que los intereses de los humanos (estéticos, científicos, culturales, etc.) deberían ser más importante que los intereses de los animales no humanos. Esta es una posición especista, y debería rechazarse, puesto que no hay razones sólidas que justifiquen esta discriminación de los animales no humanos.

Otro problema con esta posición es la arbitrariedad moral de las decisiones para preservar determinadas especies. Se asume habitualmente que el valor de una especie es inversamente proporcional al tamaño de su población, lo cual supondría que los miembros de especies amenazadas o raras deberían tener consideración especie con respecto a los miembros de aquellas especies con poblaciones mayores. Pero las simpatías de un importante porcentaje del público, incluyendo muchos ecologistas, van en una dirección diferente. En la práctica se asume a menudo que deberíamos intentar preservar la existencia de algunas especies mientras no tenemos en consideración a otras, incluso si están amenazadas. Los defensores de la conservación de (algunas) especies valoran a menudo las diferentes especies de manera distinta. Es habitual que algunas especies sean consideradas más valiosas que otras sencillamente porque a los humanos les gustan más, y no porque exhiban alguna característica moralmente relevante. Las razones por las que los humanos prefieren a algunas especies sobre otras son diversas: sus miembros son más grandes (por ejemplo, los elefantes), o bellos (por ejemplo, las jirafas), o muy similares a los humanos (por ejemplo, los chimpancés). En consecuencia, la preservación de los animales que no interesan demasiado a los humanos, como algunos invertebrados como los insectos y las arañas, no son tenidas seriamente en cuenta. Pueden hacerse excepciones en el caso de los invertebrados que son particularmente atractivos para los humanos, como las mariposas.

Sin embargo, el tamaño, la belleza y la similitud con los humanos son igualmente irrelevantes en términos morales. Todos estos seres son sintientes y, por lo tanto, pueden verse afectados por lo que les ocurre de formas moralmente importantes: pueden ser dañados o beneficiados, con independencia de su apariencia física o similitud con los seres humanos. Si hay razones sólidas para preservar las especie, tendrán que ser razones relacionadas con el bienestar de los individuos.

 

Las especies no son individuos

Se han realizado algunos argumentos a favor del respecto por las especies desde diferentes posiciones. Desde algunas teorías se ha defendido que las especies no son meros agregados de individuos, sino, más bien, procesos de vida en sí mismos.1 Según este argumento, las especies deben preservarse, al igual que las otras cosas vivos o los procesos, con independencia de los intereses de sus miembros. Hay razones fuertes para rechazar esta posición. Uno es que resulta muy cuestionable ver a las especies como procesos de una vida. Para que una entidad esté viva necesita mostrar, al menos en principio, algunos fenómenos biológicos como el crecimiento, la reproducción, la respuesta a estímulos, etc.; es necesario desarrollar algunas funciones vitales. Los organismos individuales tienen la capacidad de desarrollar dichas funciones. Sin embargo, las especies, como un todo, no la tienen. Por lo que, a menos que estemos pensando en términos puramente metafóricos, las especies no pueden ser consideradas procesos de vida. Y, más importante, incluso si fuera verdad que las especies fueran procesos de vida, deberíamos seguir cuestionando la relevancia moral del criterio del mero hecho de estar vivo.

 

La defensa de la conservación de especies desde el ecocentrismo

Según la posición ecologista llamada ecocentrismo, los elementos valiosos de la naturaleza residen en los ecosistemas como totalidades. Podemos pensar que esto supone que los defensores del ecocentrismo creen que las especies deberían respetarse porque dichos defensores considerar a las especies como entidades holísticas con valor intrínseco. Sin embargo, las figuras líderes del ecocentrismo sostienen una posición diferente.2 Afirman que las especies deben conservarse porque tienen un valor indirecto para la preservación de lo que es realmente valioso en su opinión, es decir, los ecosistemas. Esto supone que, para el ecocentrismo, el valor de una especie estará relacionado con cómo contribuye a la estabilidad de los ecosistemas, y la conservación de cualquier individuo puede favorecerse o no según dos factores diferentes: la densidad poblacional y la función ecológica. Muchos problemas surgen desde esta posición porque implica que las especies que representan ciertas funciones ecológicas en los ecosistemas deberían tener primacía moral sobre aquellas que no representan dichas funciones. Pero preocuparse por el bienestar de los animales supone que deberíamos preocuparnos sobre aquellos individuos que pueden tener experiencias positivas y negativas (individuos sintientes), no solamente por los animales que sirven a su medio ambiente de una determinada manera. La posición ecocentrista puede no implicar solamente que un individuo en particular no debería ser “conservado”, sino también que su eliminación es deseable si permitir que este individuo viva de manera negativa afecta a los objetivos que los ecocentristas quieren conseguir. Esto explica por qué el ecocentrismo puede defender la matanza de animales para el beneficio de recrear ciertos ecosistemas.

Aceptar la posición ecocentrista nos llevaría a defender escenarios en los que los individuos sintientes son matados para preservar a una especie no sintiente amenazada en particular (como una especie botánica) o a otras características de un ecosistema.3

Determinadas intervenciones ecológicas habituales que ocurren en la naturaleza reflejan una posición ecocéntrica. Algunas intervenciones ayudan a reducir los niveles de población de ciertas especies al matar a los animales que no “encajan” en el ecosistema,4 o al introducir a otros animales que reducen las poblaciones de presas a través de la depredación u otros daños relacionados.5 A pesar del sufrimiento y la muerte de individuos sintientes asociados con estas intervenciones, las intervenciones son consideradas de manera habitual desde el ecocentrismo como algo bueno, porque promueven la estabilidad de los ecosistemas actuales o un tipo de ecosistema deseado. Este tipo de intervención debería rechazarse por las siguientes razones:

(a) los individuos sintientes tienen los intereses moralmente relevantes de estar vivo y de no ser dañado;

(b) los intereses de estar vivo y de no ser dañado no varían en función de la densidad de la población ni de la función ecológica de una especie;

(c) la misma posición implicaría que la erradicación de una especie por el beneficio de los árboles baobab sería aceptable. Después de todo, la especie humana está superpoblada y no tienen una función ecológica beneficiosa, sino que, en realidad, es perjudicial para los objetivos que los ecologistas intentan conseguir.

Puede asumirse que la mayoría quedaría horrorizada por el último punto. Esto muestra que es sospechosa la posición ecocentrista según la cual el respeto debería garantizarse a las especies de conformidad con su función ecológica e impacto. Además, muestra por qué dichas posiciones están en último término subordinadas al antropocentrismo (la humanidad y, a menudo, sus animales domesticados preferidos están de alguna manera exentos del requisito de la utilidad ecológica), y por qué el ecocentrista tiene una consideración prejuiciosa no solo de los individuos, sino también de las especies que intenta preservar.


Lecturas recomendadas

Callicott, J. B. (1993) “On the intrinsic value of nonhuman species”, in Armstrong, S. & Botzler, R. (eds.) Environmental ethics: Divergence and convergence, New York: McGraw-Hill, pp. 66-70.

Czech, B.; Devers, P. K. & Krausman, P. R. (2001) “The relationship of gender to species conservation attitudes”, Wildlife Society Bulletin, 29, pp. 187-194.

Eckersley, R. (1992) Environmentalism and political theory: Toward an ecocentric approach, Albany: State University of New York.

Faria, C. (2011) “Sobre o bem de tudo e de todos: a conjunção impossível entre ambientalismo e libertação animal”, Ágora: Papeles de Filosofía, 30 (2), pp. 27-41 [referencia: 15 de diciembre de 2012].

Gunnthorsdottir, A. (2001) “Physical attractiveness of an animal species as a decision factor for its preservation”, Anthrozoös, 14, pp. 204-215.

Kellert, S. R. (1985) “Social and perceptual factors in endangered species management”, Journal of Wildlife Management, 49, pp. 528-536.

Maftei, M. (2014) “What anti-speciesism isn’t”, medium.com, Jun. 26 [referencia: 1 de julio de 2014].

Rolston III, H. (1986) Philosophy gone wild: Essays in environmental ethics, Buffalo, New York: Prometheus.

Rolston III, H. (1987) Environmental ethics: Duties to and values in the natural world, Philadelphia: Temple University Press.

Rolston III, H. (1999) “Respect for life: Counting what Singer finds of no account”, in Jamieson, D. (ed.) Singer and his critics, Oxford: Blackwell, pp. 247-268.

Rossow, L. M. (1981) “Why do species matter?”, Environmental Ethics, 3, pp. 101-102.

Vinding, M. (2014) A Copernican revolution in ethics, Los Gatos: Smashwords [pp. 25-26, referencia: 1 de julio de 2014].

Warren, M. A. (2000) Moral status: Obligations to persons and other livings things, Oxford: Oxford University Press.


1 Johnson, L. E. (1995) “Species: On their nature and moral standing”, Journal of Natural History, 29, pp. 843-849.

2 Callicott, J. B. (1980) “Animal liberation: A triangular affair”, Environmental Ethics, 2, pp. 311-338.

3 Entre quienes defienden esta posición, se pueden señalar Johnson, L. (1991) A morally deep world: An essay on moral significance and environmental ethics, New York: Cambridge University Press. Rolston, H., III (1985) “Duties to endangered species”, BioScience, 35, pp. 718-726.

4 Shelton, J.-A. (2004) “Killing animals that don’t fit in: Moral dimensions of habitat restoration”, Between the Species, 13 (4) [referencia: 3 de marzo de 2013].

5 Horta, O. (2010) “Contra la ética de la ecología del miedo: Por un cambio en los fines de la intervención en la naturaleza, Revista Latinoamericana de Estudios Críticos Animales, 2 (1), pp. 61-85 [referencia: 14 de diciembre de 2016].