Una de las objeciones más frecuentes al veganismo es la afirmación de que comer animales es correcto porque es natural. Normalmente se señala que, en la naturaleza, los animales se comen unos a otros, y que los humanos están en la cima de la cadena alimentaria: «está bien porque es el orden natural de las cosas». También es común hacer referencia a nuestros dientes caninos: «mira, están diseñados para cortar carne, lo que demuestra que comer carne es natural para el ser humano y, por tanto, correcto».
Por otro lado, los defensores del veganismo suelen responder a esta objeción intentando mostrar que comer carne puede ser natural para otros animales, como los leones, pero que no es algo natural para el ser humano. Por ejemplo, suelen señalar que los humanos no son capaces de cortar ni digerir carne cruda, y que el consumo de carne está relacionado con diversos problemas de salud en las personas. Concluyen, por tanto, que no debemos comer carne porque hacerlo no sería natural para el ser humano.
Aunque ambos lados de este debate tienen posiciones opuestas en cuanto a si está bien o mal comer carne, parten de un supuesto común: saber si un comportamiento es o no natural resulta relevante para saber si está bien o mal. Y es justamente ese supuesto el que, si lo investigamos a fondo, descubriremos que es altamente problemático1. Reparar en este punto es importante, pues la apelación a lo natural está presente en debates sobre muchas cuestiones éticas: la gente simplemente asume que, si un comportamiento es natural, eso lo hace justificable; y que, si no es natural, está mal. En este texto veremos los problemas de esta presuposición.
Para evaluar si el que un comportamiento sea natural resulta o no relevante para que tenga justificación, es importante, ante todo, entender qué se quiere decir cuando se afirma que un comportamiento es natural. Ahí tenemos ya un primer problema, pues la gente quiere decir muchas cosas diferentes con esa afirmación. A continuación, veremos cinco sentidos diferentes de la afirmación «esto es natural», y examinaremos si alguno de ellos resulta relevante para saber si un comportamiento tiene o no justificación.
A veces, lo que se quiere decir cuando se afirma que comer carne es natural para los humanos es que al organismo humano le resulta posible sobrevivir comiendo carne. En este sentido, quien defiende el consumo de animales señala que, a nivel biológico, los humanos son omnívoros, lo que significa que su organismo puede sobrevivir tanto con una alimentación a base de vegetales como con una alimentación a base de animales.
Pero, obviamente, el hecho de que un comportamiento sea posible no implica que sea justificable. Si lo implicara, todos los actos posibles serían justificables, y entonces ni siquiera tendría sentido investigar qué actos son justificables. Por ejemplo, a los humanos también les resulta posible comer carne humana, pero eso no hace que sea correcto matar humanos con esa finalidad. Del mismo modo, la mera posibilidad de que los humanos maten animales de otras especies y coman su carne no hace que tal acto sea justificable.
Otras veces, lo que alguien quiere decir con «ese comportamiento es natural» es que se trata de un comportamiento instintivo, hacia el cual estamos inclinados de manera genética. En ese mismo sentido quienes afirman que comer carne no es natural para el ser humano señalan que los bebés humanos normalmente hacen amistad con los animales no humanos, en lugar de depredarlos.
Esto parece mostrar realmente que los humanos no poseen una inclinación instintiva a matar y comer a otros animales. Pero supongamos que todos tuviéramos una inclinación instintiva a matar animales y comer su carne. La cuestión es: ¿el hecho de que un comportamiento provenga de una inclinación instintiva lo hace justificable?
Imaginemos, por ejemplo, que los humanos tuvieran una inclinación instintiva a aprovecharse de los más vulnerables. Ciertamente, si existiera esa tendencia, podría tener la apariencia de ser correcta, ya que la genética humana inclinaría a las personas a pensar de manera sesgada que lo es (e incluso quizá las inclinaría a intentar racionalizar esa tendencia, buscándole una justificación).
Sin embargo, que un acto parezca correcto es algo muy diferente de que el acto sea correcto. Si el mero hecho de sentirnos instintivamente inclinados a hacer algo justificara hacerlo, entonces no tendría sentido preguntar «¿acaso tengo justificación para hacer aquello a lo que me siento inclinado?». Pero, si esa pregunta tiene sentido (y es una de las preguntas centrales que mueve la reflexión sobre cualquier cuestión ética), entonces el hecho de que un comportamiento sea instintivo no tiene el poder de justificarlo.
Muchas veces, lo que se quiere decir cuando se afirma que un acto es natural es que los animales también lo hacen. Por ejemplo, con frecuencia se defiende el consumo de animales basándose en la afirmación de que, en la naturaleza, los animales se comen unos a otros.
Hay al menos dos problemas con esa defensa del consumo de animales. El primero es que también hay animales que no comen a otros animales. Podemos encontrar una infinidad de comportamientos por parte de los animales en la naturaleza. Así pues, si eso justificara un comportamiento, se podría justificar casi cualquiera, pues casi siempre se encontrará algún animal que también lo haga. Por tanto, resulta cuanto menos sospechoso que alguien defienda el consumo de animales de esta manera. Se tendría que explicar por qué se elige copiar el comportamiento de los animales que hacen exactamente aquello que quiere hacer, y no el de los animales que no lo hacen. Si no se logra encontrar una justificación para esa selectividad, su actitud es sesgada.
El segundo y mayor problema es el siguiente. Supongamos que todos los animales en la naturaleza se comieran unos a otros. ¿Por qué el hecho de que un acto también lo realice un animal hace que tal actitud esté justificada? Al fin y al cabo, hay animales en la naturaleza que también roban, matan y realizan actos sexuales en contra de la voluntad de la víctima. Pero eso no implica que sea correcto que hagamos lo mismo. Los humanos poseemos una capacidad racional que nos permite, entre otras cosas, reflexionar sobre si hay o no justificación para nuestras decisiones. Así pues, resulta cuando menos extraño fundamentar estas decisiones en comportamientos de animales que carecen de tal capacidad.
Y, dicho sea de paso, la apelación a lo que hacen los animales aparece casi exclusivamente para intentar justificar el consumo de carne. Por ejemplo, los animales en la naturaleza no usan móviles, coches, ordenadores, internet ni hospitales, pero nadie se niega a usar esas cosas solo porque los animales no las usen. Esto muestra que la apelación a lo que hacen los animales no es realmente sincera: es tan solo una racionalización de su deseo de comer carne.
Muchas veces, cuando alguien dice «comer carne es natural», lo que quiere decir es que los humanos están en la cima de la cadena alimentaria. Por ejemplo, se señala que, en la naturaleza, los animales más poderosos matan y se comen a los menos poderosos; y que, por tanto, es correcto que los humanos maten a los demás animales que están a su merced. Forma parte del orden natural de las cosas.
Sin embargo, no hay nada que obligue a los humanos a matar animales para comer. De hecho, hay muchos humanos que eligen no consumir animales. Así pues, esto no es diferente de decir que tenemos justificación para hacer algo solo porque tenemos el poder de hacerlo. Pero ya hemos visto antes los problemas de esa postura: que algo sea posible no significa que haya justificación para hacerlo.
Se podría objetar que, en el orden natural de las cosas, los más poderosos matan y se comen a los menos poderosos. Es decir, según esta postura, comer animales es correcto porque así es como son las cosas. Sin embargo, esta postura tiene aún más problemas que la anterior. Veamos:
En primer lugar, da un salto de lo que es a lo que debe ser. Es decir, constata «en el mundo las cosas son así» y concluye «por tanto, está bien que sea así». Pero una cosa no se sigue necesariamente de la otra: el mero hecho de que algo sea del modo que es no muestra que sea bueno, correcto, justo ni que siquiera sea aceptable.
En segundo lugar, jamás consideraríamos correcta tal postura si los papeles se invirtieran. Por ejemplo, imaginemos que existiera una especie más poderosa que la humana, y que sus miembros mataran y se comieran a los humanos, sin ninguna necesidad de hacerlo (podrían alimentarse solo de vegetales). Si fuéramos nosotros las víctimas, consideraríamos injusto lo que hacen. Pero, si es así, la defensa de que los humanos están justificados para consumir animales porque están en la cima de la cadena alimentaria es sesgada: sus proponentes solo la defienden porque saben que no estarán entre los perjudicados por la práctica en cuestión.
Por último, otras veces, lo que alguien quiere decir con «ese acto es natural» es simplemente decir que el acto en cuestión es correcto. Pero, si ese es el significado del término, entonces la afirmación «comer carne es correcto porque es natural» carece de sentido, pues sería simplemente decir «comer carne es correcto porque es correcto», sin dar ninguna razón para ello.
Esto vale para cualquier otra apelación a lo natural: si alguien dice que «natural = correcto», y a continuación dice «el acto x es correcto porque es natural», está simplemente afirmando de forma redundante «x es correcto porque es correcto», sin dar ninguna razón para pensar que, de hecho, lo es.
Como hemos visto, se defina como se defina el término «natural», el hecho de que un comportamiento sea natural no lo hace justificable. ¿Por qué, entonces, la apelación a lo natural está tan presente en las discusiones sobre diversas cuestiones éticas? Sencillo: porque la gente no tiene la costumbre de examinar los supuestos de los que parte para pensar. Hemos visto que, una vez que hacemos ese examen, los problemas de la apelación a lo natural resultan muy claros. Tan claros que, una vez que examinamos el supuesto, nos quedamos preguntándonos «¿cómo hemos podido mantener una creencia tan infundada como esta?».
Siendo así, no solo es problemático intentar justificar el consumo de animales apelando a lo natural: es igualmente problemático argumentar que el consumo de animales está mal porque no es natural. El error del consumo de animales se debe a que es una práctica injusta, que viola los principios de igual consideración2 y de imparcialidad3. Por ejemplo, quien aprueba el consumo de animales solo lo hace porque sabe que será el beneficiario, y no la víctima. Eso, por sí solo, ya hace que la actitud sea injusta por violar el principio de imparcialidad. Eso es lo que hay de malo en el consumo de animales y en la explotación animal en su conjunto, y no tiene nada que ver con que el consumo de animales sea o no natural.
Con las prisas por cuestionar las objeciones planteadas por quienes defienden el consumo de animales, muchas veces quienes defienden a los animales se centran en cuestionar la afirmación relativa a los hechos, sin cuestionar el supuesto normativo del que parte la objeción. Por ejemplo, si alguien dice «comer carne es correcto porque es natural», no solo está afirmando que comer carne es natural (afirmación fáctica): también está asumiendo que, si un acto es natural, es correcto (supuesto normativo). Sin embargo, como ese supuesto queda implícito, quienes defienden a los animales se apresuran a cuestionar la afirmación fáctica, olvidando que el supuesto normativo ya es en sí mismo problemático (y, si es así, no necesitamos evaluar la afirmación fáctica para ver que el argumento no es sólido, pues aunque la afirmación fáctica fuera verdadera, el argumento seguiría siendo malo). El problema es este: quizá quienes están en contra del consumo de carne no cuestionen ese supuesto no porque no lo perciban, sino porque también lo asumen (y por eso se esfuerzan en intentar mostrar que comer carne no es natural).
Esto muestra la importancia no solo de examinar este supuesto en particular, sino de examinar los supuestos que mantenemos en general para pensar las diversas cuestiones. Por ejemplo, si examináramos creencias como la de que los animales no humanos deben recibir una consideración menor, la de que los animales en la naturaleza solo se ven gravemente perjudicados por las prácticas humanas4, la de que no somos moralmente responsables de los daños naturales5, o incluso la de que la consideración por los animales y el ecologismo son visiones del mundo complementarias6, también nos quedaríamos igualmente sorprendidos de lo frágiles que son.
Cunha, L. C. (2025) A ética e a situação dos animais selvagens: uma análise da questão dos danos naturais, Florianópolis: Senciência e Ética [referencia: 15 de julio de 2026].
Dorado, D. (2015) El conflicto entre la ética animal y la ética ambiental: bibliografía analítica, tesis doctoral, Getafe: Universidad Carlos III de Madrid [referencia: 20 de julio de 2026].
Ética Animal (2020) Introducción al sufrimiento de los animales salvajes, Oakland: Ética Animal [referencia: 15 de julio de 2026].
Mill, J. S. (1904 [1874]) “On nature”, Lancaster Philosophy Department [referencia: 15 de julio de 2026].
Rachels, J. & Rachels, S. (2012 [1986]) The elements of moral philosophy, 7.ª ed., New York: McGraw-Hill.
Rowlands, M. (2009 [1998]) Animal rights: Moral, theory and practice, 2.ª ed., New York: Palgrave Macmillan.
Singer, P. (2011 [1979]) Practical ethics, 3rd ed., Madrid: Akal.
1 Para una crítica detallada de la apelación a lo natural, véase Mill (1904), y Rachels y Rachels (2012 [1986], pp. 44-48, 54-58).
2 La formulación más conocida de este principio se encuentra en Singer (2011 [1979], pp. 20-24). Básicamente, el principio afirma que no hay justificación para ser sesgados a la hora de atribuir el peso de los perjuicios y los beneficios que recaen sobre los afectados por nuestras decisiones.
3 Para una aplicación de este principio a nuestras decisiones que afectan a los animales, véase Rowlands (2009 [1998], pp. 118-175). Básicamente, el principio dice que una decisión es justa si es la que mantendrían agentes racionales que no supieran qué posición ocuparían entre los afectados por ella.
4 Para una descripción detallada de cómo los procesos naturales perjudican a los animales en la naturaleza, véase Ética Animal (2020) y Cunha (2025).
5 Para un análisis de esta cuestión, véase Cunha (2025, pp. 55-62).
6 Sobre la oposición entre el ecologismo y la consideración por los animales, véase Dorado (2015).